Lectura de personas

Lectura de personas

Creo que la mejor lección que me he llevado del póker o la más importante es todo lo relativo a la lectura del rival. Ya había trabajado sobre este tema porque en formación tienes que leer el primer día a las 15 personas que tienes enfrente. Tienes al sabiondo, al tímido, al preguntón, al pasota, al distraído o al discutidor. A cada uno debes de tratarlo de forma diferente, y eso mismo tienes que hacer en la vida y en los negocios.

En la película “Cincinatti Kid” (“El rey del juego” en España) Edward G. Robinson interpreta a un gran jugador de póker ya veterano. Tras ganar una mano, un rival le pregunta que cómo sabía la mano que llevaba, a lo que Robinson contesta: “Has pagado por lo que has visto. Las lecciones son aparte” ¡¡¡Chúpate esa!!!

Leer a las personas es una mezcla de conocimiento de las personas, interpretación del lenguaje corporal y descubrimiento de sus motivaciones. Hay muchas cosas que puedes aprender de una persona estudiando “sus maneras”. Cómo se sienta, si cruza los brazos, si mantiene el contacto visual o cómo mueve las manos.

Se trata de resolver un puzzle. Vas cogiendo piezas de aquí y de allá y te vas haciendo una idea de la mano que lleva tu rival. Eres como un detective que va resolviendo el caso siguiendo una serie de pistas. Si no fuera así las películas de ese tipo durarían un cuarto de hora. Tienes que combinar múltiples factores para pasar de una corazonada a una buena conclusión.

Ya he escrito por aquí que el póker es un juego de personas en el que se usan cartas. Si no consigues entender al resto de jugadores no puedes ganar. Pronto aprendes que el valor de tu mano es relativo y depende de lo que lleven tus rivales. Tu trío de Reyes es una buena mano si tu rival tiene dobles parejas, pero no sirve para nada si ha ligado un color.

Cuando eres novato tienes un bonito lío en la cabeza con las tablas de cartas iniciales, los porcentajes, las outs (cartas que te valen), los botones de apostar, cuánto hay en el bote, la barra de tiempo y la velocidad propia del juego. En una mano ligas un trío y lo demás te importa un pito. Hay proyecto de color y de escalera en la mesa, pero las cartas se te han quedado pegadas en la mano y sigues en la jugada pegando botes de alegría. Cuando acaba la mano y las fichas del centro van a la posición de un rival se te queda una cara de tonto muy curiosa.

Estás en un nivel tan bajo de juego que sólo te fijas en la mano que llevas. A base de perder botes como el descrito pasas al siguiente nivel de pensamiento. Te ha costado dinero aprender, pero tranquilo, estas cosas pasan. Tienes que cambiar tu punto de vista por el del rival y el póker te obliga a hacer este cambio. No importa lo buenas que sean tus cartas, si no lo buenas que son comparándolas con las del resto de tus rivales.

En el segundo nivel ya te crees el rey del mambo, pero… sigues siendo un pardillo que riega las mesas con su dinero fresquito. Los clásicos hablan de 5 niveles de pensamiento, pero otros sostienen que hay más. En el primero la pregunta es ¿qué tengo? Y en el segundo ¿Qué tiene mi rival? En el primer nivel “aprendes perdiendo”.

En el segundo nivel ya te das cuenta de que la fuerza de tu mano siempre es relativa. Vas “poniendo” a tu rival en un rango de manos que vas ajustando conforme se va desarrollando la jugada. La lectura será mejor dependiendo de si conoces al rival, de tus horas de vuelo o de tu habilidad. En este nivel, si has ligado el trío que comentábamos antes y lees que el rival tiene color, no llegarás a la última ronda de apuestas y te ahorrarás dinero. Evitar una pérdida equivale a obtener un beneficio. Ese dinero lo puedes “invertir” en la siguiente mano.

A todos los jugadores se nos han pegado cartas a las manos, especialmente las parejas premium. Yo recuerdo una ocasión en especial siendo veterano contra un villano que conocía muchísimo. Yo tenía AA y sabía que él había ligado un trío de J o de 10, pero por mis narices que tenía que verlo ¿Por qué? Por que los humanos somos así de cabezotas.

Si sabes que un acuerdo o un negocio no te va a salir bien, no insistas, retírate cuanto antes y te ahorrarás dinero. Como decía muchas veces a mis clientes: “no te enamores de tu empresa”. Es difícil, pero a veces hay que liquidar la empresa que fundó tu abuelo o vender unas acciones que no paran de bajar.

“Cuando tengo que razonar con una persona, dedico un tercio del tiempo a pensar en mí y qué voy a decir, y dos tercios a pensar en él y qué va a decir”. Abraham Lincoln, el resto Perico.