Algunos conocéis mi historia con el póker. Me dediqué de manera semiprofesional al naipe durante 8 años. Casi todos me miraban mal. Peor incluso que antes, que ya es decir. “Cómo le gusta el mambo a Perico”. “Otra locura de Perico”. “Ten cuidado que te vas a arruinar o vas a acabar ludópata perdido”. Estos eran los comentarios habituales y quizá los más suaves. Qué atrevida es la ignorancia. No hay más que mirar alrededor y ver que estamos rodeados de expertos en virus, vacunas, transmisión de bichos o volcanes.
No diré que durante esos ocho años estudié más que en la oposición de Corredores de Comercio, pero sí bastante más que para aprobar Econometría, Teoría Económica, Contabilidad, Economía de Empresa y el resto de la carrera.
Lo primero que debo aclarar es que el póker no es un juego de azar, si no de habilidad. Tiene más similitudes con el ajedrez que con el bingo o la ruleta. Tú no puedes influir en que la bolita que salga del bombo tenga tallado un 63, que es el número que te falta para cantar “línea”. Tampoco tienes influencia sobre la bolita lanzada por el crupier en la ruleta para que acabe después de varios rebotes en la casilla del número 29. Negro, impar y pasa. Y eso que en ambos casos has cerrado los ojos con fuerza, o has mirado al cielo como invocando a un espíritu de algún antepasado o llevas en el bolsillo una estampita de la Virgen de tu pueblo.
Sí que tienes influencia en el transcurso de una mano cuando al final el cubano al que acabas de dejar temblando te dice: “Hubiese puesto las llaves de mi casa en el bote”. Póker Room del Caesar’s Palace de Las Vegas en diciembre de 2007. No debemos pensar que el póker es un juego de cartas. Se trata de un juego de personas en el que se utilizan cartas.
El póker no sólo requiere habilidad. Demanda y desarrolla muchas aptitudes y cualidades personales que son esenciales a la hora de tomar todo tipo de decisiones, como podría ser elegir una carrera, invertir dinero, llevar a cabo un trabajo o comprar una casa.
Cuando empiezas en esto del naipe, no te das cuenta de lo que hay detrás del juego. Bastante tienes con controlar las tablas de cartas iniciales según la posición, las probabilidades, no equivocarte con los botones de “apostar, subir, igualar y retirarse” o la barra de tiempo. Si eres un poco observador, con el tiempo y sin apenas percibirlo, vas aplicando muchas enseñanzas del póker a tu vida cotidiana. Relaciones familiares, sociales, trabajo o negocios.
En 2013 cayó en mis manos un artículo titulado “Harvard incluye en su programa clases de póker”. En Estados Unidos el póker no está tan demonizado como aquí. Allí no es pecado. En la rama empresarial de Harvard impartían clases de “Strategical Poker Thinking” para ayudar a mejorar las habilidades de negociación de las personas en el ámbito profesional. El psicólogo y coach Carlos Limones comentaba, “La práctica del juego del póker ayuda a gestionar el estrés y el autocontrol emocional. Tan importante es controlar adecuadamente las emociones, como aprender a jugar bien”.
Hace unos años incluí en mi curriculum lo siguiente: “Durante 8 años fui jugador semi profesional de póker, participando en el campeonato del mundo de Las Vegas (WSOP) en 2009. Desarrollé las habilidades propias del juego, como leer a personas, negociación, estrategia, toma de decisiones bajo presión, probabilidad, equilibrar riesgo y recompensa, manejo de la adversidad y recuperarse de pérdidas, pensamiento lógico, concentración, paciencia, disciplina, etc. Actualmente preparando seminarios sobre póker y empresa”.
Mi paso por el mundo del póker ha sido bueno para mí y… para mi empresa.
Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse.

